CONSECUENCIAS FISIOLÓGICAS DE LA INGESTA DE FIBRA.

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CONSECUENCIAS FISIOLÓGICAS DE LA INGESTA DE FIBRA.
Aunque no está claro el mecanismo, diversos estudios demuestran que las fibras que forman geles reducen la colesterolemia en un porcentaje que oscila entre el 5 y el 10%, pudiendo llegar a ser del 25%. Esta reducción tiene lugar en la fracción de colesterol de las lipoproteínas de baja densidad, con una repercusión mínima en las de alta densidad. También las fibras viscosas, ingeridas en dosis adecuadas (10 a 15g por cada 1.000 kilocalorías), son capaces de modificar la respuesta glucémica debido al retardo que se produce en el vaciado gástrico, en la digestión del almidón y en la absorción de glucosa en el intestino. En el caso de las personas diabéticas, el consumo de ciertos frutos secos (nueces, cacahuetes) ricos en pectinas, retrasa la asimilación de los azúcares que componen estos frutos secos, no elevándose bruscamente la glucemia. Pero quizás sea la mejora de la función del intestino grueso la consecuencia fisiológica más importante y la que en mayor medida ha ayudado a popularizar los beneficios de la fibra alimentaria en los últimos tiempos. Esta mejora se basa, principalmente, en un acortamiento del tiempo de tránsito, en un aumento del volumen de la materia fecal y de la frecuencia de evacuación, en una dilución del contenido del intestino grueso y en su capacidad de proporcionar sustratos fermentables para la microflora del colon. Recientes investigaciones se están centrando en el estudio de un tipo de hidratos de carbono no digeribles, los fructooligosacáridos, que son considerados como promotores del crecimiento de bifidobactérias (prebióticos), uno de los géneros de bacterias más importantes en relación con la salud pero cuya presencia en el intestino disminuye con la edad, tipo de vida y dieta. También se ha observado que las personas que toman fibra de manera abundante en la dieta tienen dos o más movimientos por días de materia fecal, lo cual implica una menor excreción de células bacterianas de la microflora intestinal. Hay una hipótesis, que parece tener cierta consistencia, que dice que la fibra sería capaz de unirse y diluir los metabolitos potencialmente carcinogénicos procedentes del metabolismo de las bacterias. Así el colón estaría expuesto durante menos tiempo a estas sustancias nocivas. En personas que sufren de diverticulitis (formación de pequeños sacos en el último tramo del colon) se ha visto que la fibra reblandece el material fecal y por tanto este no presiona tanto las paredes, expulsándose mejor las heces. Recientes estudios también demuestran que los efectos beneficiosos de la fibra se potencian gracias a los denominados compuestos polifenólicos, presentes en los vegetales. Estos compuestos, procedentes del metabolismo de las plantas y que son responsables, en gran medida, de las características sensoriales de los alimentos donde están presentes, tienen, además, propiedades antioxidantes, surgiendo así el concepto de fibra antioxidante como una fibra rica en compuestos polifenólicos asociados, que muestran una actividad antioxidante. Como conclusión podemos decir que aun cuando no existen actualmente conocimientos suficientes que avalen que el aumento del consumo de fibra alimentaria disminuya la incidencia de enfermedades crónicas degenerativas en los seres humanos y que los datos existentes están basados en estudios epidemiológicos, parece evidente la importancia de la fibra alimentaria en la prevención de estas enfermedades. También hay sólidas evidencias de que determinadas fibras favorecen la disminución de los niveles de colesterol y las respuestas glucémica e insulínica. Por el contrario, su importancia en la disminución de padecer cáncer de colon está menos clara, siendo más importante la ingesta de alimentos ricos en fibra, que de la fibra en sí. La recomendación de incluir 10g de fibra por cada 100 kilocalorías procedente de alimentos ricos en ella (frutas en lugar de zumos o cereales integrales en lugar de sin cáscara) y el convencimiento de que la asociación entre riesgo de enfermedad y dieta alimentaria es multifactorial, no dependiendo de los alimentos de forma aislada sino de los hábitos alimentarios seguidos por el individuo, acompañados, además, de unos hábitos de vida saludables, quizás sea la “receta”más segura para vivir mejor, durante más años.
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